
Desde que supe de la muerte de mi tía —que debo advertir, no era cualquier tía— he estado en una tranquilidad pasmosa, casi que puedo decir como Michel de Montaigne: «Soy por naturaleza de aprehensión dura y la curto y endurezco todos los días con razones». Esta situación me ha hecho pensar en la muerte y en todo lo que tiene que ver con ella cuando nos toca de forma indirecta. Me pregunto: ¿cómo reaccionamos de acuerdo a los diferentes tipos de muerte? ¿Cómo se hace un duelo?
He llegado a enumerar cuatro tipos de muerte: arrebatadoras, cuando un tercero —por violencia o negligencia— le quita la vida a otro; retardatarias, cuando la enfermedad va acompasando y apagando lentamente lo que queda; intempestivas, como cuando un infarto o una caída apaga la vida en un instante; y voluntarias, de las que habla Séneca: como quien sale de un edificio en llamas, decía, uno debería tener el derecho a irse.
Cada tipo de muerte va acompañada de un grado de tristeza, y la intensidad de esa aflicción depende de muchas circunstancias: del grado de cercanía, de las expectativas bien o mal dirigidas, de la forma de la muerte, de los sentimientos que la rodean.

En mi caso, mi tía del alma murió de forma intempestiva: de infarto, en un día cualquiera y a una hora cualquiera. Cinco minutos bastan para que la sensación de ausencia de una persona inunde nuestro tiempo en adelante. El azar, o el sino, juega su papel más creativo y trágico, como en una comedia.
Y entonces surge una frase categórica: es importante hacer el duelo. ¿Pero qué significa hacerlo? ¿Es verla cuando muere, para darse cuenta de la realidad? ¿Es llorar de forma desgarradora —de esas que duelen en el pecho—, cuyos lamentos salen del alma como queriendo decir algo que las palabras no pueden expresar? ¿Sentir ese desahogo, esa liberación? ¿Esperar ese choque del cuerpo, como decía Virgilio: «y el dolor por fin dejó pasar su voz»? ¿O es simplemente eso: un desahogo del alma por medio de lamentos y lágrimas?
Pienso que lo doloroso de este tipo de muerte es que quedan pendientes conversaciones, saludos, cosas por decir, experiencias por presenciar; en sí, quedan oportunidades por concretar. Y eso empieza a doler físicamente, en un lugar del cuerpo que no es posible describir —por eso decimos que duele en el alma,—. Es una batalla entre la mente y el cuerpo, entre aceptar la realidad y por fin entender que ya no está.
En una conversación reciente, le pregunté a alguien que perdió su madre a los 17 años sobre el duelo. Debo admitir que su respuesta me dejó más triste y más preocupado, pero al mismo tiempo, me dio tranquilidad; su tono de voz, sereno pero firme, me permitió entender por lo que yo estaba pasando, o iba a empezar a sentir, fue como un alivio entristecido. Me dijo que el duelo para ella es ser consciente del vacío que deja quien muere; es darse cuenta de que algo falta, y es vivir con ello de forma permanente. Es darse cuenta de que ya no habrá el saludo cuando llegas a casa; de la sonrisa al verte llegar; de que ya no habrá quien te pregunte: ¿cómo te fue?, ¿quieres comer algo? Es un sentimiento que no se puede describir, que solo se siente.

Mientras trataba de pensar en estas palabras, me encontré leyendo Vuelo Nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry, un libro destinado a un amigo piloto. Debo confesar que lo terminé antes de regalarlo, y encontré en uno de sus apartes la descripción del vacío que la conversación había mencionado.

La escena: la esposa de un piloto que posiblemente desapareció en una tormenta durante la noche. Al pensar en la muerte, ella comienza este diálogo: «¿De qué sirve esta lámpara, esa cena servida, esas flores que voy a volver a ver?» (…) «Aún no comprendo la muerte; lo duro son esas pequeñas cosas: la ropa suya que me voy encontrando» (…). Para esa mujer la muerte empezaría apenas mañana, en cada acto ya vano, en cada objeto. La persona que murió abandonaría lentamente su casa. Y por ello: «No pedimos ser eternos, sino evitar ver a los actos y las cosas perder su sentido de repente. El vacío que nos rodea se revela entonces…» Y ahí es por donde se introduce la muerte; esos mensajes ya carecen de sentido. »
Cada quien asume este vacío —o es consciente de él— en su tiempo: a veces es inmediato, otras veces el cuerpo tarda en asimilar, y por alguna insignificancia estalla, aflora y libera. Reiterando a Virgilio: «y el dolor por fin dejó pasar su voz» (Eneida, XI).

Cada día, efectivamente, es un vacío; me ocupo de temas de la oficina, pero a ratos me da tristeza; llamo al fijo de la casa, ella no es la que contesta, y su voz ya solo existe en algún lugar del tiempo.
Volviendo a la pregunta inicial de ¿qué es el duelo?, quiero terminar con el otro componente del vacío: el tiempo, que está muy bien descrito por Saramago en su novela El hombre duplicado, y que tal vez al leerlo nos produzca desconsuelo, pero al mismo tiempo, nos da la tranquilidad de una anticipación tan exacta de lo que con seguridad puede pasar:
«Tenga paciencia, con el tiempo su dolor pasará, es verdad, con el tiempo todo pasa, pero hay casos en que el tiempo se hace más lento para dar tiempo a que el dolor se canse, y casos hubo y habrá, felizmente escasos, en que ni el dolor se cansa ni el tiempo pasa»
José Saramago

Salud!
-LF
