
Sobre nuestra manera de pensar como país y nuestro comportamiento como sociedad, existen varios estudios y análisis serios de historiadores, escritores y filósofos que han intentado responder preguntas sobre nuestra idiosincrasia: ¿Qué tipo de país es Colombia? ¿Por qué somos así? ¿Somos una nación violenta por naturaleza?
Quisiera compartir tres apuntes que, por su brevedad, brillante sencillez y profundidad, retratan con precisión tres rasgos que, a mi juicio, nos definen como sociedad: un individualismo exasperado, un legalismo asfixiante y un complejo de inferioridad que se traduce en una falta de pensamiento en grande.

Primer Apunte
En un conversatorio que tuve con Jaime Bermúdez sobre su libro ¿’Por qué incumplimos la ley? —que por cierto recomiendo enormemente, no solo a estudiantes de derecho sino a cualquier persona con curiosidad por estos temas—, le hice una pregunta: ¿qué virtud común nos podría salvar como nación?. Jaime me “echó el cuento” (así habla él) sobre la importancia del liderazgo colectivo, y citó una frase de Yu Takeuchi, un emérito profesor japonés que estuvo vinculado a la Universidad Nacional. Ante la pregunta de quién era más inteligente, si un colombiano o un japonés, Takeuchi respondió: “Un colombiano es más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son más inteligentes que dos colombianos.”

Segundo Apunte
Decía Fernando González, el filósofo de Otraparte, ya en 1922, que Colombia era un país pegado a las leyes y lleno de abogados. En una carta a su suegro, el expresidente Carlos E. Restrepo, González le soltó una de sus frases más duras —y vigentes— sobre nuestra obsesión con la norma: “Estoy convencido ya de que Colombia es, o ha llegado a ser, un pueblo muy inferior. Manga que tiene mucho alambrado es porque tiene vacas ladronas. Así Colombia dizque es muy legalista y la patria del hombre de las leyes, y yo creo que tanta ley es porque no hay sino ladrones.”

Tercer Apunte
Alberto Aguirre, ilustre escritor antioqueño, formuló una crítica sutil pero demoledora a nuestra forma de concebirnos como país y que estaba relacionado con un modismo patrio: hablar en diminutivo. Decía entonces Aguirre:
“¿Qué se puede esperar de un país que no produce queso, sino quesito?”
Con estos apuntes no quiero incitar a la autoflagelación, ni hacer una crítica destructiva a lo que somos como país. Lo que me interesa es visibilizar patrones mentales y culturales que no hemos podido romper. Dicen que cuando uno se ríe de sí mismo, ya ha dado el primer paso para transformarse, o al menos para tener conciencia de que necesita hacerlo. La idea es generar capacidad de autoanálisis y tratar de pensar, de forma colectiva, cómo salimos de esto.
Y justamente, al analizar la reciente expedición de la reforma laboral y la forma como concebimos la relación empleado–empleador, esas tres características reaparecen con todo su esplendor.
Con estos apuntes no quiero incitar a la autoflagelación, ni hacer una crítica destructiva a lo que somos como país. Lo que me interesa es visibilizar patrones mentales y culturales que no hemos podido romper. Dicen que cuando uno se ríe de sí mismo, ya ha dado el primer paso para transformarse, o al menos para tener conciencia de que necesita hacerlo. La idea es generar capacidad de autoanálisis y tratar de pensar, de forma colectiva, cómo salimos de esto.
Y justamente, al analizar la reciente expedición de la reforma laboral y la forma como concebimos la relación empleado–empleador, esas tres características reaparecen con todo su esplendor.

Empecemos por el individualismo exacerbado.
Seguimos discutiendo reformas laborales con la misma lógica de hace décadas: cada actor político defiende su propio interés. Cada sector de producción protege su gremio. No hay una mirada sistémica o colectiva. Poco importaba que no existieran normas enfocadas a la informalidad, mientras las normas que me favorecen se mantengan.
Abordamos la ley desde un enfoque limitado, desde el propio criterio, sin ahondar en los beneficios que puede generarse a mayor escala. Sólo vemos el problema desde una sólo óptica: la del abogado defensor de derechos de los trabajadores, la del empresario que busca mayor flexibilidad, o la del sindicato que protege las conquistas históricas. Pero si queremos pensar de una forma colectiva, debemos ampliar el campo de visión. Hay que contemplar la perspectiva de los informales, de los que quieren trabajar por horas, a los nómadas digitales que trabajan desde cualquier parte del mundo, a quienes quieren emprender ciertos derechos sin perder flexibilidad, o a quienes quieren tener sus propios emprendimientos y mantener su autonomía.
Solo así podremos construir una regulación verdaderamente incluyente, realista y con visión de futuro. Y para lograrlo, debemos abordar la legislación desde una mirada más colectiva, integrando no solo a abogados, sino también a matemáticos, psicólogos, economistas, académicos y, sobre todo, a quienes viven el día a día del trabajo en todas sus formas. En esencia, se trata de pensar como el otro y para los otros.

Pasemos ahora al legalismo asfixiante.
El legalismo se traduce en querer regularlo todo. Creemos que para proteger al empleado del empleador debemos crear normas que prohíban su despido, o que obligue a una empresa a contratar de cierta manera. Producto de una visión paternalista de la relación laboral creamos reglas que delimiten cada etapa.
En lugar de pensar en convertir al trabajador en un ser imprescindible, valioso, codiciado por su capacidad y desempeño; organizamos normas que incentiven la pérdida de entusiasmo y permanencia no genuina en la empresa. No permitimos que se pueda presentar la auténtica colaboración, la que nace del mérito y la productividad.
Y esto a su vez nos lleva al tercer elemento: el complejo de inferioridad y la falta de pensamiento en grande.
La reforma laboral no proyecta el trabajo del futuro. No contempla los avances que se están presentando en el mundo y que si o si van a reducir el empleo. No diseña mecanismos flexibles, adaptativos, estratégicos. Regula, simplemente, lo que ya conocemos y reivindica el pasado. No hay visión de largo plazo. No hay prospectiva. No hay una conversación sobre cómo será Colombia en el 2035, 2040. No hay una propuesta laboral que invite a pensar en la competitividad global, en un estatuto que combine libertad, seguridad, responsabilidad.
Seguimos atrapados en el cortoplacismo, en el miedo a perder, en el cálculo político.
Por eso, si queremos transformar a Colombia, no basta con reformar leyes. Hay que reformar mentalidades. Se debe salir del individualismo, del legalismo, del miedo a pensar en grande. Debemos diseñar un sistema que no solo proteja, sino que habilite, que inspire, que proyecte.

Finalmente, si queremos combatir estas características que nos limitan —el individualismo, el legalismo y la falta de pensamiento en grande—, debemos partir de algo tan sencillo como esencial: pensar. Reitero, PENSAR. Hay dos preguntas que todo legislador, tomador de decisiones o formulador de políticas debería hacerse, y que Harvey S. Firestone – fundador de la legendaria Firestone Tire and Rubber Company – planteó en su libro Men and Rubber: ¿Es realmente necesario? ¿Puede simplificarse? A estas, sumo una tercera que aprendí de un buen amigo y que considero igual de poderosa: ¿Qué pasa si no se hace? Si la respuesta es “nada”, entonces quizá esa norma, esa decisión o ese proyecto de ley no debería existir.
Salud!!
-Luis Fernando Montoya
