«El hombre, si no combate de algún modo es infeliz» — Dino Buzzati

Una tarde, en sesión con mi psicoanalista, llegamos a un ejercicio que debía hacer: identificar en qué ámbitos de mi vida se manifestaba un deseo reprimido, confrontarlo con mi noción de hacer lo correcto, y tratar de entender el miedo de desear algo que podría no ser correcto. Si bien el concepto de lo correcto abre muchas puertas —morales, religiosas, sociales— vamos a dejarlo en que esa tensión era parte del ejercicio.

Dos días después, un viernes en la noche, estaba en un bar con unos amigos. Empezó con las maniobras de siempre para sacar al amigo padre de familia con niños pequeños a quienes dormir, y con esposa con quien negociar la salida; y en contraste, el amigo soltero, disponible a una sola llamada.

Desde el entusiasmo con que nos saludamos, se suponía una noche de risas, de historias ya tantas veces contadas pero que recordadas nuevamente, suponen una nueva alegría. No esperábamos la llegada de un integrante que se unió una hora después, y que con la excusa de dejar a su novia en un lugar cercano para saludarnos, marcaba de manera anticipada su pronto abandono.

Éste último amigo pidió un aguardiente, como decimos en Antioquia, copiado, con la firme intención de amenizar la conversación y que como un reloj de arena, marcara su hora de partida. No contaba con el entusiasmo que suponía la noche. Su plan se fue prolongando en la medida en que no una copa, sino varias medias de aguardiente fueron apareciendo entre risas, historias y conversaciones profundas que iban acompasando el tiempo.

Como supone una buena noche decididamente inacabada, fuimos a otro bar, pequeño, con una barra en el centro que acortaba el lugar, o más bien, acercaba a todas las personas que allí iban entrando y saliendo, como si estuviera diseñado para encuentros furtivos.

Ya acomodados, como cuando los músicos de una orquesta miran al director para cambiar el ritmo o subir una tonada, vimos entrar al mismo tiempo a una Mona, con una actitud fiestera y como pidiendo audición.

Nadie dijo nada. Cuatro medias de aguardiente tienen esa virtud, dan complicidad y suben el volumen a todo lo que está alrededor.

En ese momento, sin ser del todo consciente, estaba atravesando por la primera parte de mi ejercicio de psicoanálisis: la manifestación del deseo. No contaba con los amplificadores de la noche: la valentía que te da estar con tus amigos; la hora: no es lo mismo las siete de la noche que las dos de la mañana, y sobre todo, esa premonición, o más bien esa certeza, de que si me quedaba una hora más en ese bar, el deseo se convertiría en una posible acción.

 

 

La Soltería

Para mí lo más atrapante de la soltería era la conquista. La acción y el efecto de acometer algo que requiere esfuerzo, habilidad y empeño. La incertidumbre que te impulsa a encontrar las palabras precisas, el gesto adecuado, el detalle de cortesía que sugiere la atracción inmediata. El acercamiento ceremonioso, el espacio debidamente calibrado, el contacto que abre la puerta al juego del deseo y que te va llevando, sin prisa aparente, hasta el beso apasionado y desde ahí a la intimidad en lugares inexplorados: hotel, motel, baño, ascensor, escaleras.

“El deseo alcanzado supone otro anhelo y, por tanto, la muerte del valor de lo deseado” —dice Fernando González, el filósofo de Otraparte —. Es completamente cierto. Pero en la soltería eso no importa: no hay cierre, o el cierre siempre es provisional, hasta que llega uno más definitivo, aunque tampoco del todo: el matrimonio.

 

El Matrimonio

La decisión del matrimonio no fue, en mi caso, pensando en hacer lo correcto. Tengo el recuerdo de haber anotado en mi diario, exactamente el 11 de septiembre de 2011, mientras escuchaba «Contigo» de Joaquín Sabina, si eso que describía la canción era posible llegar a sentirlo. Tanto fue mi asombro en ese momento, que quise dejar ese pensamiento en el diario como una cápsula del tiempo: algo para abrir décadas después y entender de dónde vino todo. Sólo pasaron seis años de ese momento para terminar dedicando a mi esposa esas mismas letras:

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren

Todo esto se me pasa por la cabeza mientras voy huyendo del lugar. Ni siquiera me despedí de mis amigos. Los dejé tirados como tantas veces. Ellos ya están acostumbrados. ¡Cómo vas a huir así! Me escribieron cuando ya iba camino a casa.

Bastó una señal: sus dos dedos apuntando primero a sus ojos y después a los míos; su risa de desparpajo y de coraje inverso. Me dejó inmovilizado. Y por un acto reflejo —bien entrenado, diría yo— la pantalla de mi celular ya estaba abierta en Uber y presioné pedir servicio. Esa es mi señal de no hay vuelta atrás, de salir corriendo.

¡No huyas, cobarde! Grita mi subconsciente que ya, producto de cuatro medias de aguardiente, peleaba contra mi razón. Por el contrario, corre, no mires atrás. Esta vez los dioses no se divertirán contigo. Tal vez te están protegiendo o se aburrieron y encontraron otro dilema que torcer. No van a tomar partido a favor de la lucha del deseo contra la razón.

Porque la razón te advierte que lo correcto en ese momento es correr, huir de una noche y una incertidumbre que sabes como terminará en el acto, pero no a dónde te llevará: divorcio, un hijo no deseado, una enfermedad contagiosa, una relación tormentosa, sexo apasionado, misterios por recorrer. Un cambio de vida.

¿Estarías dispuesto a cambiar todo lo que tienes por ese momento?

¿Cuál es el miedo a que lo correcto y el deseo coincidan?

 

El Remordimiento

En plena época posuniversitaria, leí un libro de Fernando González que se llama El Remordimiento.

 

Recuerdo que mis pensamientos en ese momento eran dirigidos a entender por qué motivo una persona tuvo que escribir un libro para dar cuenta de su “remordimiento” por haber decidido no acostarse con otra mujer diferente a su esposa, “La Toni”; y dejarla incluso en una habitación del hotel, cuando ella ya se había entregado, y salir de allí con un rosario en la mano y los calzoncitos de la Toní olvidados sobre la chimenea. No me cabía en la cabeza cuál era su peor remordimiento: el no haber cumplido su deseo más natural y primario, que lo carcomía día tras día, y que lo había llevado a escribir todo un libro para tratar esa melancolía tardía y ya eterna frente a un hecho no consumado; o el remordimiento banal que ratificaba su decisión de no cumplir esa satisfacción efímera, pero que lo hizo convertirse en un hombre correcto, sabio, consciente, o un idiota como algunos dirán.

 

 

«Esto es lo curioso del remordimiento: que remuerde la acción baja y que remuerde la acción alta.» — Fernando González

 

Hoy, con la distancia que da este relato, con la felicidad en que vivo mi matrimonio, elijo un remordimiento inocuo. No el de González, que tardó décadas y un libro entero en digerirse, sino de esos que duran lo que un silbato en el aire, o un disparo que da la salida en una carrera, y se evapora tan pronto cumple su objetivo. Es una advertencia a la atención que se debe prestar en cada carrera que nos ofrece la vida. Nada más.

Salud!
-LF