Arte, Refugio e Insipiración

Como un ritual que se añora por su constancia y permanencia, solía reunirme cada viernes del mes con Ricardo y José Gabriel para celebrar lo que llamábamos un “almuerzo largo”. Éste consistía en elegir un restaurante y, al ritmo de una buena comida que se dividía en múltiples tiempos, platos compartidos y bebidas “espirituosas”; sosteníamos una conversación que a veces se prolongaba por más de 6 horas.
A lo largo de esos almuerzos, los invitados iban y venían: amigos que se acercaban a saludar y acababan quedándose un rato, sumándose a la conversación o compartiendo momentos de euforia como cuando Ricardo, en un arranque de inspiración, recitaba versos o evocaba con asombrosa precisión pasajes enteros de Borges.
Los temas de conversación eran sobre literatura, filosofía, política y terminaban siempre rememorando nuestros encuentros o desencuentros amorosos. Todo ello justificado por la premisa que lo que se comparte entre amigos, si son alegrías, éstas se multiplican, y si son tristezas, se dividen.
En una de esas charlas surgió una idea expresada por Ricardo “Toda persona debería aprender un arte y desarrollar un oficio”, de manera que el arte pudiera ser refugio e inspiración en el ejercicio de la profesión.

Esta reflexión ha sido el motor de una serie de pensamientos que deseo compartir :
Siempre he sentido una profunda admiración por la habilidad y el talento de ciertas personas al desempeñar sus tareas, sea cual sea su oficio: cocinero, arquitecto, carpintero, estilista, vendedor, enfermero, maestro. Personas cuya manera de trabajar revelan un método, una precisión y un cuidado tan particular, del cual emana una especie de belleza en cada ejecución; o bien, logran enaltecer su oficio e inspirar.
¿Cómo podría yo, abogado de profesión, provocar esas sensaciones en el ejercicio de mi trabajo? ¿cómo lograr que sea percibido por los clientes de la firma? ¿es posible que los abogados que forman parte de ella encuentren esa inspiración en lo que hacen? empecé entonces a plantearme varias preguntas:
¿Cómo hacer de mi trabajo un arte? ¿Puede el profesional del derecho hacer de su trabajo un arte? ¿Puede un abogado producir placer, emoción y exaltar los sentidos en un memorial, un escrito, en un discurso ante el juez, un concepto ante sus clientes, en una negociación, en una estrategia de defensa, o en el mismo servicio legal de consultoría que presta a sus clientes?
Hace poco le expuse estas consideraciones a un verdadero artista, Joaquín Restrepo. Dejándome llevar por un momento de ligereza, contesté su pregunta sobre cómo me había ido en un viaje que acababa de hacer con mi esposa. Digo que me dejé llevar, porque con Joaquín se corre el riesgo de desatar una seguidilla de razonamientos profundos, afirmaciones rigurosas y precisas que parecen nunca acabar y que pueden llevar de un simple comentario, a una discusión de mayores complejidades sobre el pensamiento humano. Es un deleite.

Aquí la Conversación:

Esta conversación seguirá, pero me queda claro algo: debemos otorgarle la verdadera connotación a la palabra arte. Romantizamos la palabra y la profesión. Imaginamos la musa inspiradora que llega para que el talento del artista se exprese de una manera arrolladora. Pero no tenemos en cuenta la disciplina, la constancia, los sacrificios, los caminos que se deben recorrer para la manifestación final. No consideramos todo lo que tuvo que hacer, padecer y perfeccionar Miguel Ángel para producir finalmente el “David”. Stefan Zweig lo expresa de manera magistral: “La fórmula verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo, sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador”.
No seré tan pretencioso y ligero en querer ser artista en mi profesión. Lo que haré es seguir inspirándome en el arte para hacer de las actividades que se derivan de mi profesión y de mi trabajo, algo hermoso. Porque de por sí, tal como lo advierte Joaquín, el ejercicio del derecho en sí promueve lo más bello de la creación humana: las virtudes. Es ahí donde reside el verdadero reto y la auténtica belleza de nuestro oficio: transformar cada tarea cotidiana, desde la redacción de un memorial, la construcción de una defensa, hasta la preparación de una negociación o el simple consejo legal, en un acto que refleje integridad, excelencia y pasión por la justicia.

