¿Cuál sería entonces la pasión que salva a los colombianos? Me permito especular: el sentido del humor; lo buena gente que somos; la mamadera de gallo; el rebusque o como le dicen ahora, la resiliencia; la audacia o como la han llamado la “malicia indígena”. Pero ninguna de éstas, sospecho, alcanza para salvarnos.

 

A veces se me ocurre que lo que mejor nos define es lo que John Keats, en una carta a sus hermanos en 1817, llamó negative capability: la capacidad de estar “en medio de incertidumbres, misterios y dudas, sin la búsqueda irritable de hechos y razones”. Eso somos: el pueblo del eterno aplazamiento, del “ahí vamos viendo”. Por eso avanzamos por inercia, o como decía Calamaro de los pueblos latinoamericanos: aprendimos a fumar debajo del agua. Nos acostumbramos a la crisis, a la indiferencia y desde esa plácida mediocridad nos decimos “sí se puede” pero cuando no podemos, simplemente pasamos la página y nos acomodamos a esperar otra oportunidad.

 

La pregunta de Borges nos lleva a un planteamiento: no necesitamos un mesías ni un milagro, necesitamos pequeños actos de responsabilidad en todos los niveles —desde el presidente hasta el ciudadano de cualquier ideología o pensamiento—. Pensamos o esperamos ser salvados; sin embargo, la mayoría de las soluciones pueden partir de nosotros mismos. Sin embargo, lo que impera en Colombia es la irresponsabilidad. Dos ejemplos lo ilustran.

 

1. Nueva EPS

Una empresa con once millones de afiliados —es decir, la población entera de Costa Rica— ha tenido cinco “presidentes” en menos de dos años. Hubo una semana en que no tuvo ninguno. ¿Qué pueden pensar sus más de 700.000 empleados? ¿Qué pueden pensar sus afiliados, los que tienen procedimientos pendientes, medicamentos sin entregar? ¿Qué pueden pensar los médicos que atienden, los hospitales que esperan pago, los ciudadanos que miran de afuera? Esa empresa no se gobierna: se administra el caos. ¿Qué hace que un dirigente no piense en las consecuencias de una decisión de esta magnitud?

 

2. Los 100 Candidatos a la Presidencia

¿Le confiaría usted su operación de corazón a su mejor cocinero? Más de cien colombianos creyeron que podían ser presidente. Se hicieron cuatro consultas para convencer a 86 de ellos de que no era su momento. Hoy todavía quedan catorce.

Emilio Yunis, el genetista, lo diagnosticó en su libro: “Glorificamos a mucha gente y hacemos héroes con una facilidad enorme. Siempre estamos buscando al Mesías”. Tenemos un pensamiento extensivo: el medallista olímpico lo elegimos al Congreso, el presentador de televisión a una embajada, el influencer como Ministro.

¿Será que somos un país tan fácil de gobernar que cualquiera cree que puede hacerlo? ¿O será que confundimos la audacia de postularse con la capacidad de gobernar? Gobernar es un oficio. Y como todo oficio, se aprende, se practica y se juzga por sus resultados —no por las intenciones de quien lo ejerce o lo quiere ejercer.

 

Montaigne en sus ensayos comenta una vieja costumbre egipcia: cuando moría un príncipe, antes de enterrarlo se abría un juicio público sobre su vida. Si había sido buen gobernante, recibía honores fúnebres solemnes. Si había sido un tirano, se le negaba la sepultura honorable y su memoria era condenada. Su razonamiento parte del siguiente argumento: en vida, el soberano está por encima de la ley —es el “señor de las leyes”—, y la justicia humana rara vez puede tocarlo. Pero como nadie escapa al juicio, conviene que ese juicio caiga sobre lo único que sobrevive a su poder: su reputación. Saber que serán juzgados después de muertos, dice Montaigne, debería ser para los gobernantes el freno moral que las urnas y los tribunales no logran ser, porque “nadie es feliz si su nombre decae y su posteridad es miserable”.

 

 

Hay una imagen que ilustra mejor que cualquier argumento lo que Montaigne describe: la tumba de Lorenzo de Médici, Duque de Urbino, que Miguel Ángel completó hacia 1526 en la Sacristía Nueva de San Lorenzo, en Florencia. Sobre 

el sarcófago esculpió dos alegorías: Aurora, que despierta bajo el peso del luto, y Crepúsculo, que cae dormido. Estas figuras representan el ciclo eterno del tiempo y la finitud del hombre. El tiempo continúa, aunque los hombres ya no estén.

 
 
Esa conciencia del legado es, exactamente, el freno moral que Montaigne imaginaba: Pequeños actos de responsabilidad —con el cargo, con el otro, con el propio legado— harían mejores gobernantes y ciudadanos, y por tanto, un mejor país. No necesitamos un mesías ni un milagro, ni siquiera un juicio final, necesitamos dejar de fumar debajo del agua.
 
Salud!
-LF